Cifras de ventas por los suelos, 400.000 coches nuevos sin vender pudriéndose en las campas, centenares de concesionarios al borde del precipicio,… y los coches siguen sin bajar de precio (único modo lógico de aumentar la demanda).
Salvo algunos tímidos intentos de ofrecer ligeros descuentos, los fabricantes siguen en sus trece de no bajar el precio de sus coches. ¿Por qué no aplican la ley fundamental del mercado que les permitiría regenerar su negocio?
Cualquier entendido en automóviles (y en España somos muchos, casi tantos como expertos en fumbol) nos dirá que nos bajan los precios para no dar a entender que son coches “para pobres”, coches de baja calidad.
En cuanto a lo de coches “de pobres”, ya va siendo hora de asumir la situación. La estafa financiera que planea sobre el planeta nos ha hecho a todos más pobres. Tal vez va siendo hora de pensar que es más sensato bajarse de un utilitario pudiendo llevar una camisa nueva que salir de un coche Premium con una camiseta andrajosa porque la letra del coche y las facturas del taller aniquilan nuestro cada vez más exiguo poder adquisitivo.
En lo referente a la imagen de coches de baja calidad, tal vez convenga recordar la llegada a Europa (vía Alemania) de los coches japoneses. Para poder vender en un mercado tan autocomplaciente, los nipones recurrieron a un arma infalible: precios mucho más bajos que la competencia europea.
Al principio se los miraba con una sonrisa socarrona: coches baratos, con diseños aburridos, poca clase y, por supuesto, baja calidad.
Poco a poco las ventas fueron subiendo, los clientes parecían satisfechos, y las revistas de la época sometieron a los coches a las implacables pruebas de larga duración. Los resultados empezaron a resultar indigestos para los fabricantes europeos: coches sencillos, poco estilosos, incluso feos, pero que mostraban una apabullante superioridad en un capítulo muy valorado por los propietarios: la fiabilidad.
El archivo de pruebas de larga duración (Dauertests) de auto, motor und sport no dejaba margen para la réplica: los 5 mejores coches de la clasificación eran de origen japonés (si no recuerdo mal, tres de ellos eran Mazda).
De hecho, se hizo necesario buscar un talón de Aquiles en los coches japoneses que pusiera en cuestión su superior calidad. Para fortuna de la industria europea, lo encontraron: en las pruebas de choque, único capítulo donde los autos nipones obtenían resultados inferiores. Un problema que quedó solucionado en las dos siguientes generaciones de modelos.
Curiosamente, los coches chinos parecen estar cometiendo el mismo error, aunque no hay duda de que lo solucionarán en breve.
Ente tanto, los fabricantes mundiales se enfrentan a un choque mucho más dañino contra la falta de demanda. Y, siguiendo la vergonzosa estela de los banqueros, quieren que los contribuyentes les saquen las castañas del fuego sin poner nada de su parte.
En vez de lloriquear por los despachos de los políticos, los fabricantes deberían de empezar a tomar ya medidas serias: dar salida al ingente stock acumulado con una campaña de precios verdaderamente “irresistible”, dejar de gastar inmensas cantidades de dinero en campañas publicitarias que acaban resultando cansinas, olvidarse de dilapidar fortunas en competiciones automovilísticas con coches que ya nada tienen que ver con los vehículos de calle y que solo interesan a cuatro fanáticos, dejar de derrochar dinero en los espectáculos en los que se han convertido los salones automovilísticos, racionalizar sus métodos de producción y, por encima de todo, preocuparse de verdad por el eslabón más importante de toda la cadena: el cliente final, que ya no está dispuesto a patrocinar tanto despilfarro pagando un precio desorbitado por lo que no es más que otro utensilio en la vida cotidiana.



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