Parece que en las oficinas de Wolfsburgo el ambiente está más que caldeado. El gigante alemán Volkswagen, que durante décadas ha sido el espejo donde se miraba toda la industria europea, atraviesa ahora un momento crítico que podría terminar con la salida de algunas de sus marcas más queridas. Los rumores sobre la venta de la mítica firma de motos Ducati han vuelto a cobrar una fuerza inusitada en los mentideros financieros, impulsados por la necesidad imperiosa de obtener liquidez inmediata para tapar los agujeros de una reestructuración que se antoja dolorosa.
Esta situación no es nueva, pero el contexto actual la hace mucho más real que en anteriores intentonas. No se trata solo de un ajuste de cuentas, sino de una transformación profunda del modelo de negocio de la compañía. Mientras los fabricantes chinos, con BYD a la cabeza, ganan terreno en el sector eléctrico, el grupo alemán se ha visto obligado a replantearse su enorme cartera de marcas para centrar sus recursos en lo que ellos consideran esencial para sobrevivir a la década que viene.
La presión de los mercados financieros y el precedente de Everllence…

No es un secreto que los grandes bancos de inversión están apretando las tuercas a la directiva de Volkswagen. Tras confirmarse la venta del 51% de Everllence por unos 7.400 millones de euros, los inversores han visto que hay apetito en el mercado por los activos industriales del grupo. Esta operación, que valoraba la división de motores marítimos en torno a los 10.000 millones, ha servido de combustible para que asesores financieros sugieran que es el momento ideal para colgar el cartel de se vende en las puertas de Borgo Panigale y de la sede de Lamborghini.
Sin embargo, la paradoja es evidente: Ducati es una de las joyas de la corona. A diferencia de otras divisiones que están sufriendo con el cambio de paradigma, la marca de motocicletas está en su mejor momento, con éxitos rotundos en MotoGP y una rentabilidad envidiable. Precisamente por ser un activo que genera beneficios y tiene una imagen premium tan potente, su valor de mercado es altísimo, lo que la convierte en el objetivo perfecto para sanear las cuentas rápidamente en un momento de asfixia financiera.
Un plan de ajuste con 100.000 trabajadores afectados…

La magnitud del drama se entiende mejor al mirar las cifras de personal que maneja la compañía. Se estima que Volkswagen podría prescindir de hasta 100.000 empleados en toda Europa, además de cerrar cuatro plantas de producción en suelo alemán. Es un ajuste sin precedentes que busca ahorrar miles de millones de euros para invertirlos en software, conducción autónoma y tecnología de baterías. Ante este panorama, muchos analistas consideran que mantener una marca de motos, por muy icónica que sea, podría ser un lujo difícil de justificar ante los accionistas.
El fantasma de 2017 vuelve a recorrer los pasillos del grupo. En aquel entonces, tras el escándalo del Dieselgate, ya se puso sobre la mesa la desinversión en Ducati, aunque finalmente la operación no cristalizó. En esta ocasión, la presión es externa e interna, ya que los costes derivados de la electrificación son mucho mayores de lo previsto inicialmente. La idea que barajan los asesores es que el capital obtenido por la marca italiana serviría para blindar el futuro de la marca matriz y de Porsche, que también ha visto resentidos sus márgenes recientemente.
¿Qué futuro le espera a la marca italiana?

Si finalmente se produce el movimiento, el comprador se encontraría con una empresa en pleno rendimiento. No sería una venta de una marca en problemas, sino un traspaso de poder de una firma que domina su sector. Algunos apuntan a que podría seguir los pasos de Bugatti, de la cual Volkswagen ya vendió una parte mayoritaria al grupo Rimac hace unos años. En el caso de Lamborghini, la opción que suena con más fuerza no es una venta directa, sino una posible salida a bolsa similar a la que protagonizó Ferrari en su día.
Por el momento, los directivos alemanes guardan silencio y prefieren no confirmar ninguna operación de forma oficial. Lo que está claro es que el tablero de la automoción en Europa está cambiando de forma radical y ninguna pieza parece ser intocable. El destino de Ducati, esa marca que une el diseño italiano con la ingeniería alemana desde 2012, depende ahora de cómo evolucionen las cuentas en los próximos meses y de si el grupo es capaz de frenar la sangría de pérdidas sin tener que deshacerse de su activo más pasional. El mercado de las dos ruedas permanece atento a una decisión que, de producirse, marcaría el fin de una era para el automovilismo del viejo continente.