La cúpula de Volkswagen y Stellantis ha puesto sobre la mesa una propuesta de calado para el futuro del automóvil europeo. La creación de una etiqueta «Hecho en Europa» que distinga a los vehículos fabricados bajo determinados criterios de producción, tecnología y componentes dentro de la Unión Europea. Su objetivo es sencillo de entender, aunque complejo de aplicar: reforzar la industria del motor del continente en plena carrera global por la movilidad eléctrica.
En una carta abierta dirigida al comisario europeo de Industria, Stéphane Séjourné, los consejeros delegados Oliver Blume (Grupo Volkswagen) y Antonio Filosa (Stellantis) defienden que esta certificación serviría para premiar a los fabricantes que apuestan de verdad por producir en Europa y, al mismo tiempo, ofrecería una herramienta política para responder a la creciente presión de los competidores internacionales.
Una etiqueta distintiva para los coches realmente «hechos en Europa»…

Los dos ejecutivos reclaman una estrategia específica de «Hecho en Europa» ligada a la industria automovilística, que se traduzca en una etiqueta visible para los vehículos que cumplan un conjunto de condiciones bien definidas. No se trata, según explican, de levantar un muro proteccionista, sino de fortalecer la resiliencia industrial en segmentos considerados estratégicos para el futuro del sector.
En su planteamiento, solo obtendrían esta etiqueta los coches que acrediten un peso suficiente de contenido europeo en áreas clave de la cadena de valor. Esa certificación iría acompañada de beneficios concretos, lo que, en la práctica, convertiría la marca «Hecho en Europa» en algo más que un simple reclamo comercial.
Criterios técnicos centrados en el vehículo eléctrico…

La iniciativa toma como referencia la propuesta «Hecho en Europa» lanzada recientemente por la Comisión Europea, pero Blume y Filosa bajan al detalle y acotan el foco al vehículo eléctrico, el segmento donde Europa se juega buena parte de su competitividad. Los directivos identifican cuatro bloques de criterios que, a su juicio, deberían ser determinantes para conceder la etiqueta:
- Producción de vehículos, que abarcaría la fabricación y ensamblaje, así como actividades de investigación y desarrollo realizadas dentro de la UE.
- Sistema de propulsión eléctrica, es decir, motores y elementos asociados al tren motriz de los coches eléctricos.
- Celdas de batería, uno de los componentes más críticos y costosos, donde Europa quiere reducir su fuerte dependencia exterior.
- Componentes electrónicos esenciales, indispensables para el funcionamiento y la seguridad de los vehículos.
Los máximos responsables de Volkswagen y Stellantis recalcan que esos objetivos deben ser «ambiciosos, pero alcanzables», de forma que impulsen nuevas inversiones sin ahogar a los fabricantes que todavía están adaptando sus cadenas de suministro. Dejan la puerta abierta a que, más adelante, se incorporen requisitos adicionales para otros tipos de propulsión.
Incentivos económicos y bonificaciones de CO2…

Más allá del símbolo, la propuesta gira en torno a un paquete de incentivos económicos «inteligentes» pensados para sostener el crecimiento de la producción en suelo europeo. La idea central es que los vehículos que cumplan los requisitos de «Hecho en Europa» no solo exhiban una etiqueta, sino que accedan a ventajas concretas frente a los modelos importados o con menor contenido europeo.
Entre las medidas que ponen sobre la mesa destacan los incentivos nacionales a la compra —bonificaciones directas al consumidor, ayudas a la renovación de flota o desgravaciones— y la prioridad en la contratación pública, de forma que las administraciones reserven una parte de sus licitaciones a modelos certificados como «Hecho en Europa».
Los ejecutivos van un paso más allá y señalan el reglamento europeo sobre emisiones de CO2 como palanca regulatoria. Proponen que los coches eléctricos fabricados bajo estos criterios puedan recibir una bonificación específica de CO2, reduciendo así el coste regulatorio para los fabricantes. Si un grupo automovilístico cumple los requisitos «Hecho en Europa» en una parte significativa de su gama, esa bonificación podría extenderse al conjunto de sus vehículos eléctricos.
Desde su punto de vista, esto permitiría redirigir a inversión interna los miles de millones de euros que el sector se juega en posibles penalizaciones por emisiones, creando un círculo virtuoso: más producción en Europa, más empleo y mayor capacidad tecnológica propia.
Competencia feroz y presión de los importadores…

En la carta, Blume y Filosa reconocen abiertamente que Volkswagen y Stellantis compiten con dureza entre sí en el mercado europeo. Sin embargo, subrayan que por encima de esa rivalidad empresarial comparten una preocupación común: la pérdida de peso de Europa como potencia industrial si no se reacciona a tiempo.
Ambos directivos llaman la atención sobre la creciente presencia de importadores que operan bajo marcos regulatorios y sociales menos exigentes que los vigentes en la UE, una referencia clara a fabricantes asiáticos y, muy en particular, a los grupos con base en China. Según advierten, la combinación de costes laborales inferiores, estándares medioambientales menos estrictos y fuerte apoyo estatal está alterando la competencia en el mercado europeo de forma significativa.
También admiten que las compañías europeas están altamente expuestas a los riesgos del comercio internacional, como demostraron recientemente las tensiones en el suministro de tierras raras necesarias para las baterías y la tendencia a la regionalización de las cadenas de valor. Este contexto, argumentan, refuerza la necesidad de que Europa disponga de su propia estrategia para proteger y desarrollar sus capacidades productivas.
El dilema de las baterías y la dependencia de terceros países…

El texto pone el foco de manera especial en las celdas de batería como ejemplo más evidente del dilema europeo. Los fabricantes están destinando inversiones multimillonarias a levantar plantas de producción en el continente y a crear una cadena de valor local para esta tecnología, considerada esencial para la movilidad eléctrica.
Sin embargo, los directivos recuerdan que los consumidores europeos reclaman coches eléctricos lo más asequibles posible, condición casi indispensable para acelerar la transición desde el motor de combustión. Esa presión hacia precios bajos empuja a los constructores a buscar baterías más baratas, que en muchos casos proceden de fuera de la UE, lo que incrementa la dependencia de proveedores extranjeros.
En este choque entre la urgencia de ofrecer coches eléctricos económicos y la necesidad de reducir la vulnerabilidad estratégica, Blume y Filosa ven claro que la única salida pasa por una política específica «Hecho en Europa» que equilibre ambos objetivos. De lo contrario, alertan, Europa corre el riesgo de convertirse en un mercado de destino para productos fabricados en otras regiones.
Una política industrial integral para toda la automoción europea…

Los responsables de Volkswagen y Stellantis insisten en que la etiqueta «Hecho en Europa» no puede plantearse como una medida aislada, sino como pieza de una política industrial amplia y coherente para el conjunto del ecosistema automovilístico europeo. Esta visión integradora incluiría tanto incentivos a la producción como apoyos a la demanda interna.
Entre las actuaciones concretas, abogan por subvenciones específicas a la fabricación de celdas de batería en Europa, con el fin de acelerar la puesta en marcha de gigafactorías y consolidar una cadena de suministro propia. A esto se sumarían estimulos a la compra de vehículos eléctricos europeos, orientados a favorecer los modelos producidos en la UE frente a las alternativas importadas.
En su argumentario, los directivos recalcan que el dinero de los contribuyentes europeos debería dirigirse de forma prioritaria a respaldar la producción dentro del bloque y a atraer nuevas inversiones industriales. Consideran que quienes venden coches a clientes europeos deberían fabricarlos, al menos en gran medida, bajo condiciones comparables a las de los productores establecidos en la Unión.
Europa ante una nueva etapa de competencia geopolítica…

La carta sitúa sus propuestas en el inicio de una “nueva era de competencia geopolítica”, donde comercio, tecnología y capacidad productiva se emplean como herramientas de poder. En este contexto, los firmantes sostienen que la Unión Europea no puede limitarse a observar y debe reforzar su posición industrial. La idea central gira en torno a proteger la industria automotriz europea, impulsar la competitividad industrial y evitar una dependencia excesiva de terceros mercados en un entorno global cada vez más estratégico y disputado.
Los directivos subrayan que el automóvil representa cerca del 8 % del PIB comunitario y genera alrededor de 13 millones de empleos, lo que evidencia su relevancia económica y social. Además, la transición hacia la movilidad eléctrica y los coches conectados está transformando la cadena de valor mundial, elevando la necesidad de contar con una base productiva sólida dentro del continente. Mantener liderazgo en tecnología automotriz y asegurar inversión local se plantea como un pilar para sostener crecimiento, innovación y estabilidad laboral a medio y largo plazo.
Como advertencia, los responsables empresariales indican que Europa debe decidir con rapidez si quiere seguir siendo potencia industrial o convertirse solo en mercado de importación. Defienden una estrategia clara de “Hecho en Europa” para reforzar la producción europea de coches, fomentar incentivos selectivos y garantizar reglas estables. El objetivo es proteger empleo, baterías y componentes clave, evitando que la transición al coche eléctrico europeo debilite la autonomía estratégica ni reduzca la capacidad manufacturera del continente.