El automóvil y el cambio climático

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El mundo del automóvil, como cualquier otro producto industrial, se mueve casi en exclusiva por lo que dicten las tendencias de moda y el marketing. Evidentemente los fabricantes de automóviles lo que buscan es la rentabilidad de sus accionistas, el crecimiento de su patrimonio y la perpetuidad de su negocio. Lo demás es prácticamente indiferente. Por mucho que los slogans publicitarios de las diferentes marcas recen que “les mueve la pasión”, “el placer de conducir”, “por la vida” o lo que sea, lo único que importa es la pasta.
Y así es; hace tres décadas lo que vendía era la potencia, velocidad, aspectos lujosos o agresivos. 10 años después empezó a hablarse del término “versatilidad” y el espacio y las posibilidades de uso saltaron al mercado, sin dejar de lado las prestaciones del vehículo. De 15 años hacia aquí hubo una materia que se convirtió en primordial para los fabricantes: la .

Curiosamente, la seguridad se convirtió en aspecto fundamental a mejorar, pero el salto fue mayor en el campo de la seguridad pasiva que la seguridad activa por un claro motivo: la seguridad pasiva resulta mucho más espectacular de cara al posible cliente (siempre impresiona eso de ver coches estrellándose en laboratorios, mientras que un coche frenando a fondo con ABS no impacta ni vende tanto). En los últimos años se hizo más hincapié en la seguridad activa (el mercado se iba dando cuenta que también es importante tratar de evitar el accidente, además de estar protegido si llega el desgraciado caso). De esta manera creció espectacularmente el porcentaje de coches nuevos que equipan ESP, entre otros elementos.

Hoy en día, y debido fundamentalmente a la que nos amenaza lo que vende es la ecología. Este campo, pese a haberse desarrollado enormemente en la automoción, no ha sido hasta ahora cuando parece haber tomado una especial relevancia, y no lo hace por las emisiones de CO2 ni por el ahorro de carburante, sino que lo hace por la crisis y las necesidades de comprar coches más baratos y con consumos inferiores.

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Por otra parte, el terrible descenso de ventas que ha sufrido el sector en el último año (algo más de un año ya…) impulsa a las administraciones públicas a incentivar la compra de vehículos nuevos. Pero…¿eso es ecología? No lo parece, porque pese a que un coche actual contamina hasta 15 veces menos que uno de hace 20 años, las emisiones de CO2 son prácticamente similares. De hecho, el descenso de emisiones de los coches nuevos se va compensando con el continuo crecimiento del parque automovilístico con lo que la “cara ecológica” de las ayudas al cambio de coche se desvirtúan.

Greenpeace hace la siguiente declaración al respecto:
“Es inaceptable que, con dinero público, se financie una industria que se opone desde hace años a adaptarse a los tiempos y a las necesidades ambientales de la sociedad. El cambio climático está aquí y es posible combatirlo al mismo tiempo que se mantiene una economía más sana y más verde”


El mundo industrial y la ecología están inevitablemente reñidos
, pero promover la compra de vehículos nuevos con la excusa de que son menos contaminantes es pan para hoy y hambra para mañana. No obstante no hay que olvidar que en contra de la creencia popular, únicamente alrededor del 18% de las emisiones de CO2 provienen del transporte. Trasladando las cifras a nuestro país, el 11% de las emisiones provienen del tráfico rodado

De igual manera, el coche eléctrico no es la solución mientras la mayor parte de la energía eléctrica se produzca masivamente en centrales térmicas que consumen combustibles fósiles. Por tanto, hace falta algo más que un cambio en la conciencia colectiva para que desciendan las emisiones de CO2. Es imprescindible que las administraciones promuevan las leyes y la cultura necesaria para que generación tras generación seamos más respetuosos con nuestro entorno. Desde mi punto de vista, la mejor arma con que contamos los ciudadanos para luchar contra el cambio climático es la concienciación y la presión social sobre los gobiernos.

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Mientras tanto podemos ir aportando nuestro granito de arena limitando el uso del automóvil, caminando más, utilizando la bicicleta o el transporte público. Si no te queda más remedio que utilizar el coche, procura compartirlo: el viaje se hace más ameno y se minimiza el impacto ambiental. Una vez que nos hemos bajado del coche haremos un gran favor al medio ambiente racionalizando el consumo de energía eléctrica, limitando las horas de calefacción y promoviendo un pensamiento ecológico en la gente que nos rodea.

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