Prueba Opel Astra GTC 2.0 CDTi Biturbo, motor, conducción y consumos (con vídeo)

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Una buena fachada, no lo es todo. Una casa puede tener los balcones de un palacio, la puerta de una casa real, y el llamador de un castillo, y luego, de puertas para dentro, ser menos lujosa que una chabola. Con las personas pasa exactamente lo mismo, el interior siempre, es quien decanta la balanza.

El Opel Astra GTC viene con una carta de presentación de las mejores de la competencia. En el análisis a su diseño, descubríamos un coche atractivo, con una línea muy deportiva, y además, con unas cotas suficientes. Pero aún, es todo fachada, solo conocemos la portada de este libro. Ha llegado la hora de abrirlo, de excavar en él. Toca conocer su corazón al que le acompaña un apellido muy especial, Biturbo. El protagonista de esta historia es el 2.0 CDTi de 195 CV. Conozcámoslo.

Sentado ahora delante del ordenador, con un calor infernal y el sonido del ventilador del portátil martillando mis oídos, el compacto alemán rebota en mi cabeza como un salvapantallas. Ha sido una semana con él, siete días de cortejo en los que se ha exprimido para intentar llevarme al huerto. No voy a contarte la historia desde el principio, mejor iré a aquellos momentos que mi mente almacenó, pequeños detalles que me han llevado a coordinar mis dedos para escribiros estas líneas.

Pisando fuerte

Llegaba a casa tras casi 500 km de viaje. El germano dormía a esas horas de la noche en mi garaje y mis ojos adivinaban un futuro igual conmigo. Antes de que mi mente dijera basta y mi cuerpo le acompañara, aún podía sacar fuerzas para concluir el balance de la travesía, un camino que comenzó con la primera combustión del motor de este Astra GTC Biturbo.

La salida de la capital madrileña, a horas prohibitivas, me llevó a odiar un par de veces este medio de transporte tan saturado. Un sentimiento que se desvanecía cada vez que pillaba a alguien mirando con ojos de plato los zapatos que calzaba el Astra. En este sentido, recuerdo haber jugado con el caos de la ciudad sin demasiados problemas. El GTC, es más amplio que su hermano de cinco puertas, y cuenta con una luna trasera más reducida, en una posición alta, que dificulta la visión posterior. Pero salvando esto, el compacto se mueve adecuadamente.

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El Lorenzo se escondía cuando por fin pisaba la autovía. El camino sería largo y me acomodaba en la butaca. Amarrado a los asientos, con un gran agarre, el alemán y yo empezábamos a devorar kilómetros. El pisar era sencillo, el teutón vuela a ras del suelo, y es que, con 195 caballos resoplando, y esencia deportiva, el aplomo debía estar en sus cualidades de una forma obligada.

En cambio, pese a que la comodidad que regala no tendría que ser su principal problema, que la mecánica trague diésel, puede adivinar que el posible comprador viajará, y mucho. Por ello, el confort debe ocupar un puesto privilegiado. En estas lindes, el Opel Astra GTC Biturbo no me pareció un coche incómodo, aunque no era el sofá de mi casa. La suspensión dura se sumaba al bajo perfil de los neumáticos, para taladrar mi espalda cuando un bache se cruzaba en nuestro camino. Una configuración que agradecería más tarde.

Noche cerrada en Llerena. Recuerdo ver la torre de mi pueblo a lo lejos, señal inconfundible de que el camino, llegaba a su fin. Tras acompañar a mi invitado a la que sería su casa durante una semana, mi último movimiento dentro del habitáculo fue con la mano izquierda. Pulsaba el botón que me informaba del consumo total del viaje: 5,7 l/100 km, nada mal para tener casi 200 CV.

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Dispuesto a todo

Los días pasaron uno tras otro, y la convivencia con el europeo, siguió regalando información sobre su personalidad. De entre todos, el que me dispongo a narraros, fue el más expresivo, fue como debería ser todo, con sensaciones de por medio. Me acuerdo que el calor aún no había quería ahogarnos, pero apretaba. Y salía de casa con el firme propósito de conocer las bondades de este motor sobrealimentado en un escondite privilegiado.

Quería que hasta llegar a él, la conducción se acercara al máximo a condiciones normales. Velocidad al límite de la vía, pocas ganas de pisar la pala con contundencia y en el salpicadero el modo Tour iluminado. Son tres los que te ofrece el compacto: Normal, Sport, Tour. El seleccionado, condiciona el chasis ofreciendo más confort. La suspensión relaja su dureza buscando que el rodar se haga más suave. Una opción que dudo demasiado que quien compre esta versión vaya a utilizarla con asiduidad.

La señal de tráfico que veía a lo lejos me indicaba que me acercaba. 5,2 l/100 km era hasta ese momento la cifra que reflejaba el ordenador de abordo tras rodar unos 150 km a 100 km/h. Poco tardé es seleccionar el modo Sport. El cuadro de instrumentos se iluminaba en rojo y parecía como si el diablo nos hubiera venido a visitar. Con esta selección, el vehículo tomaba una disposición contraria a la que llevaba. La suspensión apretaba aún más y el pedal del acelerador se mostraba más sensible.

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Dos actores en una buena trama

Antes de continuar con este relato de color rojo, debo presentar en condiciones el corazón que latía a poco más de centímetros de mis pies. Se trata de la opción más potente de la gama diésel del Astra, y también de, por ejemplo, su hermano mayor, el Insignia, la joya de la corona de Rüsshelsheim. Hablamos de un bloque compuesto por cuatro cilindros en línea, con 2,0 litros y dos turbos, que desarrolla 195 CV y 400 Nm de par. Un músculo, que solo ojeando los números, vale la pena conocer.

Palanca de cambios en mano, un pomo que permite seleccionar cada una de las seis marchas de esta caja manual, y pala hundida, así me encontraba en los primeros instantes de la conversación con este motor. La fuerza entre 1.750 y 2.500 vueltas invadía mis piernas. Empujaba, empujaba con energía. No eran cien bueyes enfurecidos tirando de ti, pero las sensaciones, con 1.550 kg de peso total, eran bastante buenas.

Aquí, las cosas comenzaban a ponerse interesantes. Ansiaba conocer de verdad a esos dos invitados de la lista. Dos turbos, uno más pequeño programado para entrar en escena al principio, y otro más grande que asomaría cuando el cuentarrevoluciones ascendiera. Y su visita agrada. Notas como avanzas con el primer empujón, y puedes notar también el segundo.

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Parece como si el Astra no quisiera irse a casa todavía, y hubiera pedido otra copa más. Llegar a una curva apurando sus latidos, y que parezca que aún vas en medio del cuentarrevoluciones, es como escuchar tu melodía favorita. El motor está vivo, me gusta, siempre y cuando aparezcan estos dos actores principales. La música se corta con las 4.000 vueltas bien rebasadas. Son 200 CV en una mecánica gasoil, no es un motor nacido para dejarte las mismas sensaciones que al hacer puenting. Pero sí es capaz de sacarte un buen puñado de sonrisas.

Todo su entorno, hace la misma función. La suspensión es dura, y el bajo perfil de los neumáticos, como antes he mencionado, te hace sufrir cuando coges alguna irregularidad en la carretera, pero es un aliado cuando le exiges en asfalto regular. La dirección la noté directa, fácil de gobernar aunque no demasiado intuitiva. Por último, los recorridos de la caja de cambios continúan con una lanzada algo larga aunque entran en la guía sin mayores problemas.

La conclusión final…

Diseño y motor, aún nos queda un examen más. Será mañana, cuando revisando sus niveles de equipamiento, podamos poner la nota final a este compacto de armas tomar.

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