La posibilidad de que Tesla y SpaceX acaben bajo un mismo paraguas corporativo ha pasado de rumor a escenario que ya se estudia con estructuras formales. Las dos compañías han activado equipos independientes para analizar una eventual integración, mientras Elon Musk ha dejado claro que ve lógica en la idea, pero que no hay acuerdo cerrado ni garantía de que el proceso llegue a buen puerto. El movimiento afecta a dos cotizadas de gran tamaño y a un mismo fundador y consejero delegado, así que el conflicto de intereses está en el centro de la ecuación.
El contexto ayuda a entender por qué se habla de una operación de calado. SpaceX viene de presentar unas cuentas trimestrales sólidas y Tesla sigue siendo una pieza clave en la estrategia de Musk, con proyectos compartidos que van desde los chips y la inteligencia artificial hasta los satélites y los vehículos eléctricos. Los mercados reaccionaron con movimientos moderados y, sobre todo, con muchas preguntas sobre la valoración, el reparto de acciones y el visto bueno de los accionistas.
Comités separados y un fundador con doble sombrero
El punto de partida es que Musk no participa en las conversaciones de los órganos que evalúan la operación, precisamente por ser parte interesada en las dos empresas. Esos grupos todavía no han pactado condiciones y ninguna de las partes ha presentado una oferta en firme. En SpaceX el control accionarial de Musk es muy amplio, con más del 80% de los derechos de voto, mientras que en Tesla su posición es menor y cualquier acuerdo necesitaría el respaldo de más de la mitad del capital con derecho a voto, no solo de los votos emitidos.
Una capitalización enorme, pero con cifras que bailan
Si la unión saliera adelante, el grupo resultante se movería en la liga de las compañías más valiosas del mundo. Los cálculos manejados por distintas firmas sitúan su valor conjunto alrededor de 3,5 billones de dólares, con SpaceX en torno a dos billones y Tesla cerca de 1,5 billones. Esa cifra no equivale al precio de compra: dependería de la relación de canje, de una posible prima para los accionistas de Tesla y de la cotización del momento. Un ejercicio teórico de RBC llegaba a 480 dólares por título de Tesla y a una entidad combinada de 3,74 billones, con los dueños de la automovilística controlando cerca del 48%, pero se trataba de un escenario de análisis, no de una condición negociada.
Chispas de sinergia: IA, chips, satélites y coches
La lógica industrial que más se repite es la de conectar la inteligencia artificial física de Tesla con la infraestructura aeroespacial de SpaceX. Ambas firmas colaboran en Terafab, un proyecto de fabricación de semiconductores en Texas pensado para chips de vehículos autónomos, robots humanoides y centros de datos orbitales. A eso se suman Starlink y la computación espacial, la robótica Optimus, los robotaxis y la plataforma xAI, que ya forma parte de SpaceX. También han trabajado juntas en el prototipo del Roadster con propulsores de gas frío, presentado en instalaciones de SpaceX en McGregor.
Resultados de SpaceX y reacción de la bolsa
Las cuentas de SpaceX han servido para reforzar la sensación de que hay músculo financiero detrás del proyecto. La compañía ingresó 14.575 millones de dólares en el tercer trimestre, un 161% más, y pasó de pérdidas a un beneficio neto de 4.404 millones, frente a los números rojos de 1.054 millones del mismo periodo anterior. En los nueve primeros meses del ejercicio redujo sus pérdidas un 58%, hasta 1.084 millones. El área de inteligencia artificial multiplicó por nueve su tamaño, y las acciones reaccionaron con una subida notable fuera del horario habitual, mientras Tesla registraba un avance más contenido.
Los flecos que pueden tumbar el acuerdo
El primer escollo es el voto de Tesla. La operación necesitaría una mayoría de más de la mitad del capital total, un listón que no siempre se alcanza aunque gane la mayoría de los votos emitidos. Después aparece la valoración: cuánto vale cada compañía y qué porcentaje recibirían los accionistas de Tesla es una negociación delicada. Los analistas también señalan riesgos regulatorios, por la revisión antimonopolio en Estados Unidos, y de seguridad nacional por los contratos espaciales y militares de SpaceX, sin olvidar la presencia industrial de Tesla en China. A ello se añade la necesidad de financiar inversiones muy elevadas en inteligencia artificial.
La pelota sigue en el tejado: hay conversaciones y estructuras de evaluación, pero no una fusión aprobada. Musk se muestra favorable y mantiene un control muy fuerte en SpaceX, aunque en Tesla necesita convencer a una base accionarial más amplia. La operación encajaría en su apuesta por la IA, los chips, los satélites y la automoción, y podría crear uno de los mayores grupos cotizados del planeta. Sin embargo, hasta que los órganos independientes presenten términos concretos y los accionistas den el sí, cualquier cifra sobre el papel no pasa de ser una hipótesis.